Las mujeres en el espacio natural

Ana Arambilet

Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles de estas montañas son mi compañía, las claras aguas de estos arroyos mis espejos, con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura”.

Capítulo XIV de D. Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes.

La extensa novela en dos partes, Don Quijote de la Mancha, fue escrita en 1605 y 1615 por Miguel de Cervantes; ha sido ampliamente leída no solo en su época, sino en los siglos posteriores, y traducida a muchos y diferentes idiomas, incluido el kurdo.

Fue escrita en un periodo de la historia marcadamente opresor sobre la mujer, en una España fuertemente influenciada por la Iglesia Católica, que unos años antes había celebrado el Concilio de Trento, la llamada Contrarreforma, que reafirmaba los aspectos más reaccionarios de su ideología.

Por eso es llamativo que Cervantes haya desarrollado en los capítulos XII, XIII y XIV la historia de la pastora Marcela: una joven de extraordinaria belleza y con un patrimonio importante; no tiene familia: su madre murió en el parto y su padre de pena. Tutelada por su tío, decide que no quiere casarse, que era el destino reservado a las mujeres, y más si eran hermosas y ricas. Las mujeres en la España de los siglos XVI y XVII no tenían muchas elecciones: casarse, entrar en un convento (para lo que se necesitaba un cierto patrimonio), convertirse en criadas, o en prostitutas… pero siempre era un destino que las encadenaba a la tutela masculina y a la presión de una sociedad que veía a las mujeres como las hijas de Eva.

Tanto la biografía de Miguel de Cervantes, como su creación literaria más importante y original, Don Quijote de la Mancha, muestran muchos rasgos de transgresión con las normas de la rígida sociedad donde vivió el escritor y donde desarrolló sus aventuras su personaje. Pero entre tantos aspectos interesantes que muestran la biografía y la obra de Cervantes, sobresale la figura de la pastora Marcela y su declaración de independencia y empoderamiento. Como la diosa virgen Artemisa, Marcela es inmune al enamoramiento, y se muestra independiente de los hombres y de sus opiniones. La diosa Artemisa representaría un prototipo de mujer, que Marcela encarna en la literatura. Pero evidentemente, tanto la imagen mitológica de Artemisa como la literaria de Marcela, responden a un recuerdo ancestral de la relación de la mujer con la naturaleza.

En sus andanzas por las tierras castellanas, D. Quijote se encuentra con un cabrero que le cuenta la historia de Grisóstomo, un estudiante metido a pastor por su amor por la bella Marcela, a la que el cabrero define como “endiablada moza”. Marcela vive su vida en libertad, es amable y le gusta mantener conversaciones con otros pastores, pero no tiene ninguna intención de mantener relaciones con ellos. Por esta actitud, el cabrero define a Marcela como cruel y desagradecida.

Ante la negativa de Marcela a casarse con él, Grisóstomo se suicida, y sus compañeros hacen una especie de juicio contra Marcela; Ambrosio, amigo de Grisóstomo, define a Marcela como “enemiga mortal del linaje humano”, y muestra el contraste entre el “pensamiento honesto y enamorado” de su amigo y el desdén de la pastora, que provocó la “tragedia de la miserable vida” de su enamorado.

Grisóstomo es descrito como un ser virtuoso, y Marcela como fiera, mármol, ingrata, por no corresponder a sus deseos. A pesar de la presión de la sociedad del momento, que considera a la mujer sometida a los deseos del hombre, Marcela reivindica su derecho a ser libre, y a poder elegir el tipo de vida que quiere llevar. La mujer no es solo el objeto del deseo masculino, al que se tiene que someter, sino sujeto y protagonista de su propia vida.

El personaje de Marcela que aparece en el Quijote no era nuevo, sino que forma parte de una tradición de figuras femeninas de la literatura castellana, escrita por hombres, que viven en libertad en el campo, en ocasiones cuidando su ganado; no tienen contacto con los hombres, y a veces son agresivas y peligrosas con los hombres que se pierden en la sierra y se encuentran por casualidad con ellas. Encontramos a estos personajes femeninos en las serranillas del Marqués de Santillana y las serranas del Arcipreste de Hita.

¿De dónde puede venir esta tradición de mujeres agrestes, empoderadas, peligrosas, que viven sin la tutela y sometimiento al hombre y que hacen del campo, sierras y bosques su hogar?

Si miramos hacia atrás, antes de que los lugares agrestes y solitarios se convirtieran en espacios peligrosos, vedados a las mujeres, se puede ver la estrecha relación entre la mujer y la naturaleza. Mari en la montaña de Amboto; la diosa Artemisa y las ninfas en las tierras vírgenes de Grecia; las bacantes celebrando en los campos sus fiestas de adoración al dios Baco; las brujas en los Aquelarres medievales… Representada de una manera u otra, ha quedado en la memoria la estrecha relación de la mujer con la naturaleza, una relación que excluía la presencia de los hombres, a veces de manera violenta.

En Euskal Herria, la diosa Mari tiene su vivienda en diversas grutas de Amboto, cumbre principal de los montes del Duranguesado. Es una zona de profundas pendientes y numerosas grutas; para llegar a la guarida principal de Mari, Mariurrika Kobea, hay que escalar una pared casi vertical y salvar varios pasos muy estrechos que necesitan de la ayuda de cuerdas; en el interior de la gruta, una amplia sala presenta una ventana que se abre directamente al precipicio. Hoy en día, muchas personas continúan el peregrinaje para llegar a la cueva de Mari, y en ocasiones se ha cerrado el acceso a la misma, por malas condiciones climatológicas, o en la época en la que las aves de la zona tienen sus crías, y la necesidad de protegerlas les hace ser agresivas con los visitantes. La naturaleza mantiene sus propias leyes.

Artemisa, en la Mitología griega, es la diosa de la naturaleza salvaje. Comparte su espacio con las Ninfas, divinidades de los arroyos y las flores. Lo que representa Artemisa, cuya representación se iría conformando poco a poco, viene de un pasado muy lejano, “su linaje se remonta a los tiempos remotos anteriores al cultivo de la tierra y la construcción de las ciudades” (Anne Baring. El mito de la diosa). ¿Es Artemisa una diosa que representa una realidad anterior al Neolítico?

Artemisa es la diosa protectora de las vírgenes, pero también de las madres parturientas, a las que asiste en el parto. Es la diosa de la caza, pero también de “la naturaleza salvaje y virgen y de los lugares inviolados de la tierra”. Una figura tan compleja como la propia naturaleza. Y es en esa naturaleza compleja donde habita Mari; donde la pastora Marcela y las serranas de la literatura castellana viven en soledad y libertad; donde celebran las bacantes su culto al dios Baco, durante el cual las mujeres, solas, se liberaban de la presión de una sociedad marcada por los hombres; el lugar donde, siglos después, las brujas organizaban sus aquelarres.

La socióloga María Mies destaca que en muchos lugares del mundo la Tierra sigue identificándose como la Madre Sagrada, “a pesar de la ruptura ecológica y cultural de nuestros lazos con la naturaleza” (Shiva V. y Mies M. Ecofeminism) provocada por el desarrollo moderno.

Antes del desarrollo del patriarcado, la tierra era sagrada y era madre, y las diosas, representadas en numerosas estatuillas, eran sobre todo mujeres. Antes que el Dios Padre, que crea desde fuera y se representa como una figura colérica, vengativa y punitiva, existió la Diosa Madre de la Sociedad Natural. Actualmente, el patriarcado y el capitalismo están ejerciendo una terrible opresión sobre la naturaleza, destruyendo sus recursos y poniendo en serio peligro la supervivencia del planeta: contaminación, cambio climático, destrucción de especies, bosques, escasez de agua, … Y son precisamente las mujeres las que están liderando la defensa de la tierra, aun a costa de su propia vida. Sobre todo en Abya Yala, las mujeres lideran la protección del planeta y la conservación de las culturas indígenas.

Adenda: Estando el verano pasado al pie de la montaña de Amboto, donde habita Mari, la señora, me encontré con una hija de Artemisa; una mujer joven, alemana, que hablaba perfectamente el castellano y que bajaba de las laderas del Amboto. Me contó que estaba recorriendo Euskal Herria; le hablé de Mari, de Jineolojî, tomó nota y después se despidió y siguió su camino. Yo la vi alejarse, alta, muy delgada, con su pequeña mochila a la espalda, y sentí un miedo de madre. ¿Seguía siendo la naturaleza nuestro espacio, el lugar de Mari, donde viven libres Artemisa y las ninfas, donde marcan su terreno las serranas y dónde vive segura la pastora Marcela? ¿O es también el espacio robado por los hombres, donde fue asesinada Denise, en el 2015, mientras hacía sola el camino de Santiago? Mientras la hija de Artemisa se alejaba, pedí a Mari que cuidara de ella.

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