La vida en la era del colonialismo
Artículo publicado en el número 25 de la Revista de Jineolojî
Rozan Star
¿Cómo y por qué se desarrolló la idea del colonialismo? ¿Qué llevó a este pensamiento y cuáles fueron sus consecuencias? ¿Cómo se concibió este pensamiento? Estas son preguntas que deben responderse para comprender y poder cambiar el mundo en el que vivimos. Cuando observamos la historia de la humanidad, somos testigos de luchas muy poderosas por la libertad y la democracia, junto con terribles guerras coloniales. La ambición de poder que surge en los seres humanos influye en la vida social, desde el pasado hasta el presente. Especialmente con el desarrollo de la sobreproducción, esta ambición también ha erosionado la moralidad que conforma la sociedad, y el resultado ha sido la explotación de unas personas por otras.
El colonialismo como sistema (colonialismo o imperialismo) comenzó con la apropiación forzosa de la producción social por parte de algunos y la explotación de la fuerza de trabajo en beneficio de las potencias coloniales. Las primeras formas de colonialismo se llevaron a cabo con fines como la expansión de los imperios, el objetivo de encontrar nuevos asentamientos para la creciente población, la necesidad de mano de obra gratuita, la solución al problema de las materias primas en los centros de la modernidad capitalista, la conquista de zonas estratégicas desde el punto de vista geográfico y geopolítico, y el intento de difundir una religión concreta. Como no se podía habitar las zonas colonizadas únicamente sobre la base de la explotación laboral y la apropiación de recursos, pronto se amplió el objetivo del colonialismo; los colonialistas pretendían expandirse sometiendo y dominando la cultura, las creencias y la historia de los pueblos que invadían, usurpando su voluntad y haciéndolos dependientes económica y políticamente. Al explotar a los pueblos, las comunidades, las naciones y los Estados, los colonialistas pretendían alienarlos intelectual y culturalmente de su propia identidad y valores para integrarlos en el sistema dominante. La garantía de esta expansión se basaba en convertirlos en extraños a su propia lengua y cultura, lo que facilitaba su dominación.
Podemos considerar que el colonialismo surge junto con la formación de la idea de dominación -es decir, de supremacía- y con el proceso de su institucionalización como Estado. El fenómeno del Estado comenzó a desarrollarse con la colonización de las mujeres y la usurpación de los valores desarrollados por ellas. Por lo tanto, la raíz del colonialismo está formada por la mentalidad patriarcal. El inicio de la hegemonía de un género sobre otro también implica la explotación de los valores que crea, y este sistema de explotación, al igual que el colonialismo, crea una realidad en la que las estructuras sociales existentes se configuran según los deseos del poder hegemónico. La dominación, la soberanía, la propiedad y el poder no pueden desarrollarse sin colonización. Como expresa Mehmet Hayri Durmuş en su obra «Historia del Kurdistán», la primera colonización sistemática se da con el emperador acadio Sargón, que inició la fase del Estado colonial sometiendo una a una a todas las ciudades-estado sumerias. Abdullah Öcalan, en sus defensas ante el TEDH, describe la política de ese período de la siguiente manera: «Violencia planificada para matar a personas, arrebatarles todo lo que tienen, esclavizarlas, colonizar los lugares que consideran ventajosos y mantenerlas como un poder gobernante dependiente de ellos mismos. Esto significa que el colonialismo, en el sentido clásico de colonización, tiene una historia maldita que se extiende desde aproximadamente el año 2000 a. C. hasta la actualidad. La opresión, la alienación y la explotación se vivieron como elementos entrelazados en las colonias»: la dominación, la expansión y la colonización se desarrollaron y sistematizaron de forma entrelazada.
El sistema colonial necesita expandirse para ser permanente, ya que la esencia de este sistema se basa en crearse a sí mismo a través del trabajo de otros. Una mayor expansión significa poder apropiarse de más mano de obra. Por lo tanto, el colonialismo y el imperialismo se desarrollaron en conexión entre sí. El imperialismo se define como el deseo de un Estado de expandirse y dominar a otros Estados. El término imperialismo, derivado del término latino «Imperium», imperio, se utilizó por primera vez en lengua inglesa en el año 1880 y se refería a la doctrina de los partidarios del régimen imperial. Su origen es la palabra Per, que en la lengua protoindoeuropea significa obtener. Aunque esta palabra se utilizó en el siglo XIX, el origen de este proceso se remonta a los sumerios. En la historia de la civilización hegemónica, el carácter expansionista se ha manifestado en el desarrollo de todos los estados e imperios. Las potencias civilizadoras adoptaron un método recurrente: primero engañar, luego intimidar y, finalmente, una vez lograda la dominación, aplastar. Desplazar a las personas de sus lugares, esclavizarlas por la fuerza y obligarlas a trabajar en tierras ajenas es una de las prácticas colonizadoras más antiguas. El transporte de personas a tierras dominadas ha sido un método utilizado frecuentemente. Hoy en día todavía se aplica el método de controlar a los pueblos nativos de las tierras explotadas mediante la coacción y el nombramiento entre ellos de diferentes administradores. Otra estrategia colonial ampliamente aplicada ha sido la mezcla forzada de poblaciones indígenas con grupos trasladados desde otros territorios, para crear sociedades híbridas. Los métodos han cambiado a lo largo de la historia, pero los propósitos son los mismos.
El colonialismo surgió en Europa de forma más intensa y sistemática hacia finales del siglo XV. El descubrimiento de nuevas rutas marítimas y la invención de la brújula tuvieron un impacto significativo en los viajes a diferentes continentes. Las actividades coloniales durante este periodo fueron muy dolorosas, trágicas y sangrientas; el colonialismo se llevó a cabo mediante la esclavitud, la superioridad armamentística y el cristianismo. Los países de Europa occidental, principalmente los imperios británico, francés, español y portugués, infligieron un terrible sufrimiento a las sociedades que colonizaron y a las personas que esclavizaron en América del Sur, América del Norte, África, Asia y Australia. Entre 1486 y 1641, 1.389.000 personas fueron trasladadas de Angola a América como esclavas. Millones de personas fueron víctimas de la política colonialista, que capturaba a las personas, las esclavizaba y las obligaba a trabajar. Además de las que murieron durante el viaje, las personas transportadas a América fueron sometidas a torturas deplorables. Los pueblos que pudieron permanecer en sus propias tierras tuvieron que enfrentarse a todo tipo de violencia por parte de las potencias colonialistas, hasta el punto de no poder reclamar ningún derecho a existir allí. Tenían que trabajar para satisfacer las necesidades de los colonialistas, pero esta tortura no solo se manifestaba a través del trabajo; se humillaba las culturas y los modos de vida de las comunidades explotadas con políticas aterradoras, establecidas con el objetivo de hacerles sentir vergüenza de sí mismos y llevarlos a una obediencia sin fin. En lugares coloniales como América y Europa, los pueblos colonizados eran exhibidos en jaulas. Esta barbarie, que llamaban el zoológico humano, continuó hasta 1958, y lo mencionamos para mostrar las diferentes dimensiones del colonialismo. Hoy en día, aunque la esclavitud está oficialmente prohibida, en países como Mauritania se sigue practicando, y aunque la compra y venta de esclavos en todo el mundo ya no se tolera, continua esta mentalidad, aunque no se reconoce ni se considera una contradicción.
En estos procesos, el territorio, con las personas que lo habitaban, sus riquezas, su naturaleza y sus animales, fue sometido a una terrible explotación y se llevaron a cabo masacres a gran escala. Las personas y otros seres vivos fueron literalmente utilizados como herramientas, mercancías y asesinados. Sus almas quedaron heridas. Los nativos de América del Norte son hoy casi inexistentes. Los aborígenes, los nativos de Australia, luchan por sobrevivir en las zonas forestales. Muchas especies animales se han extinguido o se enfrentan a la extinción debido a la caza y la destrucción de la naturaleza. La naturaleza ha sido sometida a un proceso de industrialización y explotación en aras de la ley del máximo beneficio. La producción de bienes por encima de lo necesario, orientada al máximo beneficio, y la lógica productiva totalmente subordinada a la ganancia, han alterado el equilibrio natural mediante la destrucción del medio ambiente, lo que inevitablemente se refleja también en las relaciones humanas y en los modos de vida. La producción incesante y la obsesión por el máximo beneficio han reducido a las personas a robots, hormigas incansables desprovistas de autonomía. En conclusión, parece evidente que el colonialismo constituyó la base estructural e ideológica sobre la que se construyó la modernidad capitalista.
Para comprender su establecimiento, es necesario analizar correctamente la hegemonía mental, la colonización del pensamiento y el proceso de llegar a convertirse en un «ser colonizado». El pensamiento es una gran bendición para las personas; nos ayuda a comprender e interpretar el mundo. En cierto sentido, el pensamiento tiene una estructura bastante flexible. Para que un pensamiento se desarrolle y se difunda, los factores principales son que tenga una base sólida, que haya una buena organización y que se aprovechen las oportunidades cuando surgen. Esto es válido tanto para los pensamientos positivos (vinculados a lo bueno y lo bello) como para los negativos (vinculados a lo feo y lo malo), hasta tal punto que el poder de las nuevas ideas puede influir en los sentimientos, el espíritu y los pensamientos de las personas, y convertirse en un poder coercitivo; influye, dirige, regula, perturba y dispersa la vida social y, al mismo tiempo, dirige el curso de la historia. La capacidad de pensamiento positivo de los seres humanos ha llevado a comprender, interpretar y crear cultura en el mundo, mientras que el pensamiento negativo se ha orientado hacia el establecimiento del dominio sobre la tierra. El colonialismo también se ha desarrollado como resultado de este pensamiento negativo. Esta afirmación también se puede encontrar en la realidad humana. Es decir, tanto el bien como el mal existen potencialmente en los seres humanos; la parte que más se nutre, florece. Por eso el colonialismo ha sido un fenómeno desarrollado especialmente en la mentalidad.
Para realizarse este sistema necesita hacer una distinción entre «nosotros y los demás». Cuando se establece una relación jerárquica de alienación entre nosotros y los demás, estos se posicionan como una amenaza o como un objeto a nuestro servicio. Por lo tanto, cuando «nosotros y los demás» se desarrolla como una base relacional conflictiva, también se sientan las bases de la explotación. Esta distinción se convirtió más tarde en la fuente del nacionalismo y el racismo, ideologías de la modernidad capitalista. En estas ideologías, la relación con los demás se desarrolla en torno a los intereses nacionales o raciales, basados en la aniquilación, la humillación o la asimilación y la colonización. Sin embargo, cada sociedad tiene sus propias diferencias y singularidades, y estas diferencias no pueden situarse en una escala de superioridad o inferioridad. Es aquí donde el pensamiento de dominación -forjado por la mentalidad colonial, por una visión que no reconoce nada por encima del ser humano excepto a sí misma- se arroga el derecho de subyugar e instrumentalizar a otras sociedades y pueblos. Se organizan ataques contra las poblaciones locales mostrándolas como bárbaras, reaccionarias, primitivas, anacrónicas, y a sí mismos como pueblos civilizados, modernos, contemporáneos y progresistas. Incluso hoy en día, se utiliza con frecuencia esta idea de exportar la civilización menospreciando a otros pueblos como primitivos. Como resultado de estos ataques bárbaros, han aplicado todo tipo de destrucción a la primera y segunda naturaleza. La mentalidad que ve al otro, y no a sí misma, como un insecto que hay que erradicar, describe muy bien el colonialismo. Dado que todos son vistos como insectos, los gobernantes no tienen ningún problema en aplastarlos.
Pensemos en el mecanismo de una máquina. Si una pieza se rompe, inmediatamente se añade una nueva en su lugar; si no se añade, la máquina no funciona, se vuelve disfuncional. El colonialismo es un sistema que se asemeja a este mecanismo. No surgió por casualidad. Como hemos señalado anteriormente, el colonialismo no solo se desarrolla en el sentido físico, sino que también se ha desarrollado en las emociones, los pensamientos y el espíritu. Cuando la dominación, el poder y el control se instalan en la mente de una persona, los valores sociales, la moral y la conciencia se convierten en algo a superar. Por esta razón, es indispensable para el poder colonial humillar a los colonizados alienándolos: deben verse a sí mismos a través de los ojos del colonizador. Por esta razón, infundir miedo en las sociedades colonizadas, hacerles temer a su propia sombra, es indispensable para el colonialismo; hacer que las personas se sientan inferiores, pequeñas, simples, ordinarias e insignificantes es crucial para colonizar sociedades y hacer permanente el sistema colonial. Las masacres a gran escala, las torturas, el exilio y la esclavitud que se han dado desde el pasado hasta el presente no tienen otra razón de ser que mantener un sistema de dominación colonial. Sobre esta base, podemos decir que el sistema colonial es el lado oscuro de la historia de la humanidad. Cuando se comprenda y se supere este lado oscuro, la humanidad podrá salir a la luz.
En Oriente Medio, un antiguo centro de la historia humana, el colonialismo expansionista eurocéntrico llegó en 1880. La historia de la resistencia cultural contra esta civilización hegemónica es tan profunda como la propia civilización, y es precisamente esta profundidad la que permite desarrollar dinámicas únicas. Por esta razón, el colonialismo eurocéntrico no pudo establecerse en Oriente Medio como lo había hecho en otros continentes, y el colonialismo se aplicó principalmente a través de regímenes impuestos, formando un sistema que mezcla el colonialismo clásico con un nuevo concepto de colonialismo. Con la justificación de que los pueblos de Oriente Medio no podían gobernarse a sí mismos, se les impuso administradores occidentales; o se nombró como administradores a colaboracionistas, personas educadas en escuelas europeas, sin conseguir, sin embargo, ir más allá de un régimen títere.
De esta manera, estas tierras fueron explotadas y la población quedó sumida en la pobreza. Hoy en día, esta política sigue existiendo, aunque de formas diferentes. Kurdistán, situado en el centro de Oriente Medio, es explotado por cuatro Estados (Irak, Irán, Turquía y Siria). Dentro de su territorio, y entre la población que lo habita, se destruyen sus recursos en aras del lucro. Doce mil años de historia quedan sumergidos y la población de la región se ve abocada a la guerra y la destrucción. Aunque estos Estados no definen Kurdistán como una colonia, se aplica una clara ley colonial. En la década de 1970, Abdullah Öcalan analizó este sistema colonial y sentó las bases de la lucha contra este sistema, establecido en Kurdistán tanto estructural como mentalmente. Esta lucha no solo tenía como objetivo combatir a las potencias coloniales, sino también destruir la idea que sobre la existencia kurda había moldeado el colonialismo. Este punto es importante porque, para que la máquina opresora deje de funcionar, es necesario destruir la personalidad colonial. El primer objetivo no es solo el poder colonial, sino también la personalidad colonizada.
Dado que el colonialismo ya no puede mantenerse de la manera clásica, ha adquirido hoy en día una nueva dimensión. Especialmente a partir de los años sesenta y setenta, el colonialismo comenzó a manifestarse de una nueva forma, creando Estados formalmente independientes en territorios que habían sido colonizados, cuya «independencia», sin embargo, seguía estando profundamente condicionada por la influencia occidental y, en particular, por los mismos Estados que los habían colonizado. Este tipo de «independencia», la renovación del capitalismo como capital financiero y el desarrollo de la globalización son algunos ejemplos de cómo se ha transformado el colonialismo. En comparación con la esclavitud del colonialismo clásico, hoy en día se desarrollan métodos más rentables. Con el establecimiento de la industria, el comercio de esclavos perdió su función y en su lugar se impuso la esclavitud moderna, basada en la venta de la fuerza de trabajo. Invadir un país y controlarlo a través de corporaciones multinacionales y colaboradores locales -es decir, sin establecerse directamente- resultó ser un modelo más económico y sostenible para la modernidad capitalista. La esencia de la explotación no ha cambiado, solo su forma.
Los primeros procesos de colonización de la historia se produjeron junto con el imperialismo, mientras que el nuevo colonialismo toma forma junto con la globalización. La globalización, que es la forma ideológica del colonialismo en la nueva era, es un concepto económico-político y tiene un carácter multidimensional que incluye el derecho. La explotación continúa a través del expansionismo cultural e ideológico, llevado a cabo en nombre de la universalidad de conceptos como la democracia, la libertad y los derechos humanos. Lo que antes se denominaba «salvaje e incivilizado» es ahora «terrorista». Las potencias hegemónicas declaran terroristas a las fuerzas que perciben como una amenaza, incluyéndolas en listas negras. Es el mismo mecanismo que en el pasado utilizaban los colonialistas al llamar «salvajes» y «bárbaros» a los pueblos que querían someter. Hoy en día, la explotación opera a través de la etiqueta de terrorismo, aplicada a quienes se oponen a ser explotados.
También podemos definir esta globalización como un proceso de creación de un mercado global, eliminando todas las barreras económicas para permitir la libre circulación del capital e integrando los mercados en Estados-nación únicos. El sistema capitalista exporta su excedente de producción abriendo nuevos mercados para sí mismo, y lo hace a través de la globalización. Ahora, las empresas transnacionales están más allá de los Estados y pueden dirigir el mundo a su antojo. En lugar de esclavos deportados a los que se obliga a trabajar, hoy en día se exige trabajar a los esclavos modernos por un salario miserable, mientras que los gobernantes se enriquecen creando empresas en países superpoblados y pobres. Cuando los colonizadores han terminado de explotar todos los recursos naturales y sociales y se retiran, dejan atrás pobreza, dependencia, subdesarrollo, degeneración, guerra, asimilación, enfermedades, tierras devastadas e historias trágicas. Basta con mirar la deuda, la dependencia y la profunda pobreza en la que se ahoga el Sur Global -que representa a las antiguas colonias- para darse cuenta de ello.
Aunque hoy en día se habla formalmente de independencia, la realidad cuenta una historia muy diferente. No se puede hablar de verdadera independencia, ni en el ámbito político, ni en el económico, ni en el militar. La globalización y la creciente interdependencia entre los países lo ponen de manifiesto. Tanto las epidemias, como la COVID-19, como la guerra, independientemente del lugar en el que estalle, acaban afectando a todo el mundo.
Otro problema evidente es que los países que anteriormente fueron colonias de Occidente siguen viviendo dependientes de Occidente, aunque se hayan declarado «independientes». Esta dependencia continúa en las dimensiones intelectual, espiritual y vital, y se alimenta ideológicamente del progresismo y el modernismo. El progresismo ha globalizado la distinción entre nosotros y «los otros». La forma en que «los otros» pueden liberarse de su sentimiento de inferioridad está ligada a su capacidad para integrarse en los valores occidentales. El esfuerzo de este «otro» por liberarse de sí mismo se manifiesta en la admiración por Occidente: ser como «ellos», apreciar y preferir «su» forma de vida, hablar «su» idioma, ir a «sus» escuelas, etc. Hoy en día, en cualquier parte del mundo, son pocas las personas que no admiran a Occidente o que no lo consideran progresista. A los Estados formalmente independientes, clasificados como países en desarrollo o subdesarrollados, se les presentan recetas ya preparadas, tanto políticas como económicas, sobre lo que deben hacer para alcanzar el nivel «desarrollado» de Occidente. Es a través de este mecanismo que Occidente perpetúa e institucionaliza su propia hegemonía política, económica y cultural. El mecanismo del colonialismo global se pone en marcha a través de la creación de marcas en el ámbito de la cultura, el arte y el pensamiento, así como a través de instituciones como las Naciones Unidas (ONU), la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la OTAN.
Este nuevo sistema ya no desplaza por la fuerza a las personas para convertirlas en esclavas, sino que las esclaviza en el lugar donde se encuentran. La sociedad en su conjunto es explotada porque está encerrada en una «jaula de hierro», a través de los Estados-nación. Se ha construido un feroz sistema colonial tanto dentro como fuera, erosionando la capacidad de las sociedades atrapadas en estas jaulas de hierro para proveer su propia existencia. Por esta razón, por un lado se alimenta el nacionalismo del Estado-nación y, por otro, se alimenta el sueño de escapar a través del discurso de la ciudadanía global. Las fronteras, que no existen para el capital, se convierten en trampas mortales para las personas. Quienes huyen de estas jaulas y se agolpan en los centros de la modernidad capitalista son sacrificados en el altar de un nacionalismo renovado como el nuevo «otro» del sistema global.
El nuevo colonialismo se está organizando en los ámbitos de la salud, la educación, la defensa, la economía, la política, los medios de comunicación y todas las áreas de la vida. En aras de obtener el máximo beneficio, se comercializan incluso las necesidades más vitales, y se lleva la vida a la ruina. Al reducir la economía al dinero y acumular una inmensa riqueza mediante la explotación de los recursos, el trabajo humano ha convertido la tierra en un páramo y parece que ya no quedan lugares habitables. No es casualidad que, tras haber agotado los recursos del planeta, las personas más ricas del mundo se hayan lanzado ahora a la colonización de Marte y a la búsqueda de nuevos espacios habitables en otros lugares.
Otra herramienta ideológica en la que se basa el nuevo colonialismo es el cientificismo. El saqueo de la tierra como fuente de materias primas, la explotación de la salud humana como campo de experimentación y la colonización del espacio se justifican en nombre del progreso y se presentan como pasos inevitables y necesarios.
Las vidas de millones de seres vivos, incluidos los seres humanos, se sacrifican con pruebas de armas biológicas y nucleares. Como con la masacre de personas deportadas de África a América como esclavas, estas vidas también se consideran víctimas inevitables del progreso. Como vimos en la reciente epidemia de Covid-19, la salud de la comunidad se sacrifica en aras del máximo beneficio, dejando primero que la enfermedad se propague para luego producir medicamentos para combatirla, y dar la imagen de que se está trabajando para encontrar una solución y salvar a las personas.
El biopoder, como método del nuevo colonialismo, ha comenzado a influir en la vida de una manera muy peligrosa. El biopoder, es decir, la condición por la cual la persona interioriza el poder dentro de sí misma y cumple sus exigencias, ha alcanzado una nueva fase con la difusión de las tecnologías de la información. La creación de mundos virtuales ha llevado a las personas a desconectarse de la vida real, empujándolas a vivir en un simulacro de mundo, una apariencia que no es real pero que se percibe como tal. El desarrollo de la inteligencia artificial y la clonación humana y animal muestran el peligroso punto al que ha llegado el cientificismo. Los recuerdos humanos se copian en la inteligencia artificial y la intervención en los recuerdos de las personas es cada vez más directa.
Otra de las herramientas ideológicas en las que se basa el nuevo colonialismo es el sexismo. El monopolio masculino, establecido sobre las mujeres desde el pasado hasta el presente, continúa existiendo en el nuevo orden colonial. Las mujeres son utilizadas de forma totalmente mercantilizada para apoyar el sistema, trayendo trabajadores al mundo y criándolos; ofreciendo mano de obra barata; impulsando el mercado; siendo utilizadas en la publicidad; y mucho más. Todavía hoy, el trabajo de las mujeres se considera el más barato -e incluso el más desprovisto de valor- del mundo. La pandemia de la COVID-19 lo ha puesto aún más de manifiesto, ya que las primeras en ser despedidas y perder su trabajo fueron las mujeres, y la mayor carga del trabajo de cuidados recayó sobre ellas. No es casualidad que el concepto de feminización del trabajo sea uno de los más debatidos de este siglo. En la época en que vivimos, las mujeres están sufriendo una colonización feroz y se encuentran en un callejón sin salida, tanto emocional como mental y espiritualmente.
Desde siempre se han desarrollado resistencias muy fuertes contra la destrucción que provoca el colonialismo que acabamos de describir. Gracias a estas resistencias, el colonialismo se ha visto limitado y, en muchas ocasiones, las potencias coloniales han sido derrotadas. La rebelión contra el colonialismo ha sentado las bases de muchos movimientos, desde los movimientos antiesclavistas hasta los movimientos de liberación nacional; desde los movimientos ecologistas hasta los movimientos contra la guerra. Los imperios coloniales británico, francés y portugués dominaron el mundo hasta principios del siglo XX y también países como Italia y Alemania se integraron posteriormente en el proceso colonial. La lucha anticolonial, que en América Latina se extendió hasta el siglo XVIII y alcanzó su apogeo en otras partes del mundo a principios del siglo XX, se desarrolló en torno a dos reivindicaciones fundamentales: la independencia política, y la reivindicación de la autonomía económica y cultural. En los países colonizados en los que la resistencia se organizó bajo la bandera de la independencia nacional, conseguida la independencia surgieron diferentes posiciones ideológicas, entre las que destacaron la promoción del nacionalismo poscolonial y las formas de solidaridad política internacional entre los países explotados. Estas diferentes posiciones políticas también dieron lugar a diferentes enfoques teóricos. En particular, para el siglo XXI, los estudios intelectuales desarrollados en los países poscoloniales -la denominada teoría anticolonial- han construido una importante infraestructura para el análisis de las nuevas formas de colonialismo.
El pensamiento anticolonial ha puesto en práctica su crítica al colonialismo formando diferentes alianzas y grupos, como la Solidaridad Afroasiática, el Movimiento de Países No Alineados y el Movimiento Tricontinental (Asia, África y América Latina). Por otro lado, la teoría poscolonial ha internalizado el desarrollo económico y las políticas modernistas y nacionalistas, sobre la base de la igualdad de las naciones colonizadas con las naciones colonizadoras. Si consideramos que el neocolonialismo actual perpetúa su hegemonía sobre países formalmente independientes a través de políticas de desarrollo económico, podemos identificar la crítica de las teorías poscoloniales.
La crítica al capitalismo global impulsada por la lucha anticolonial liderada por el movimiento zapatista en América Latina; la lucha basada en la dialéctica entre lo local y lo global desarrollada en el sur de Asia, junto con la crítica al saqueo de la naturaleza; el objetivo, impulsado por la resistencia anticolonial en África, de liberar a todos los países africanos, encarnado en el panafricanismo con Etiopía como símbolo; la estrategia de la revolución argelina de dirigir la lucha tanto hacia la personalidad colonizada como hacia el colonizador; y el objetivo de construir la nación democrática y el confederalismo mundial de los pueblos democráticos, desarrollado por la revolución de Kurdistán bajo la guía de Abdullah Öcalan. Hemos acumulado suficiente experiencia de lucha como para poder afirmar que estas y muchas otras teorías, estrategias y políticas anticolonialistas -demasiadas para nombrarlas todas- podrán afianzarse a través de una sólida organización de solidaridad global y lucha internacional. Hoy en día, el problema de la libertad de las sociedades expuestas al saqueo colonial -lo que se denomina el Sur Global, el mundo colonial y el tercer mundo de ayer- solo puede superarse enfrentando de manera completa las dimensiones militar, política, económica, mental y cultural del colonialismo, y fortaleciendo la lucha internacional.
Las condiciones para el desarrollo de esta lucha en el siglo XXI se han dado en múltiples frentes. Junto a los aspectos negativos de la rápida evolución de las tecnologías y las tecnologías de la información, también se presentan aspectos que pueden evaluarse positivamente en términos de dinámica de lucha. La posibilidad de conocer instantáneamente lo que está sucediendo al otro lado del mundo, lo que favorece las acciones de solidaridad entre las personas, está generando tensiones dentro del propio sistema. Los valores conscientes y morales que hacen humanos a los seres humanos se han transformado en una lucha por preservar su propia existencia frente al sistema. Sin embargo, con estos cambios, a medida que las sociedades toman conciencia de sus propias diferencias, la relación entre nacionalismo y colonialismo queda condenada. En un mundo en el que todos se parecen bajo la etiqueta de la moda, es precisamente el encuentro con los que son diferentes, es decir, con lo que viene del lado opuesto, lo que hace visible la propia especificidad/diferencia. La diferencia se percibe en la medida en que se rechaza «al otro». Por lo tanto, el mundo actual desempeña un doble papel. Por un lado, homogeneiza y, por otro, impulsa la comprensión y la protección de la propia especificidad. Una cultura solo puede sobrevivir como entidad viva en la medida en que logre preservarse y desarrollarse. En este sentido, resistir al sistema colonial -que ha alcanzado su forma más extrema- solo es posible manteniendo una conciencia basada en la unidad y la igualdad de las diferencias. Es bien sabido que después del apogeo viene el declive. La solidaridad mutua desarrollada entre las sociedades, la sensibilidad social, el creciente surgimiento de los movimientos feministas, los derechos humanos, la democracia y la política basada en la libertad -valores en auge en los discursos actuales- son puntos de partida valiosos. En este sentido, el siglo XXI aún puede ser una nueva era de esperanza para la humanidad.