Resistiendo la política de la desesperación
Zeryan Asya
En tiempos de guerra, genocidio e intentos de eliminar la Revolución de Rojava, el sistema emplea, además de armas, herramientas de guerra especial, fundamentalmente aquellas que buscan hacernos perder la esperanza y volvernos nihilistas. La guerra psicológica especial es uno de los métodos más utilizados por los estados hegemónicos para quebrantar la voluntad de las personas, las sociedades y las mujeres. Se utiliza para atacar la ideología y la existencia misma de la sociedad; podemos ver esto actualmente en Rojava. La guerra especial tiende a jugar con nuestras emociones y manipularlas; estas cambian según lo que sucede y lo que vemos. En los primeros días del ataque, las emociones colectivas eran sombrías y tristes. Posteriormente, cuando la población de Rojava se levantó y eligió luchar por una vida libre, las emociones cambiaron y la moral se elevó. Es el estado natural de las emociones cambiar según los estímulos que recibimos, y es precisamente por esta razón que la guerra especial actúa sobre las emociones, que es una de las debilidades de los seres humanos. Para las mujeres, esto es aún más incisivo. Empatizamos ante las imágenes de feminicidios y de violencia y tortura, y de alguna manera nos bloqueamos -sufrimos y nos enojamos- pero esto no siempre nos conduce a organizarnos y actuar.
La guerra especial funciona precisamente intentando silenciar e inmovilizar a las personas; volverlas inactivas en un proceso que requiere lucha, voluntad y resistencia. El poder hegemónico que intenta destruir toda forma de vida comunitaria, juega con las imágenes, provocando así emociones que pueden conducir a la ansiedad y el pánico. Creo que no hay nadie que haya estado en contacto de alguna manera con Rojava que no se sienta conmocionada, o que no se sienta débil, o que no esté asustada ante estos ataques. Las imágenes que nos llegan son imágenes muy fuertes de misoginia, de odio hacia lo que se ha construido, de inhumanidad. Si por un lado provoca rabia y dolor que nos llevan a querer actuar, por otro lado nos inmoviliza. Muchas personas dicen: «Bueno, cada día hay una masacre; cada hay día una guerra. ¿Qué podemos hacer?» La guerra especial crea pánico, confusión y limita la capacidad de organizarse y reaccionar de la manera correcta. Este pánico produce ansiedad y nos hace sentir atrapadas en un vórtice que a menudo lleva a las personas a no actuar, a dejar de informarse, o conduce a reaccionar de manera confusa, desorganizada, y a poner a las personas en conflicto entre sí.
Nos hemos acostumbrado a ver muertes en la televisión, en los periódicos y en los teléfonos -un verdadero bombardeo que no golpea el cuerpo, sino el alma. Este es el objetivo de la guerra especial. Nos lleva a creer que somos impotentes ante todo esto, que no podemos hacer nada. Nos hace creer que la existencia de este horror es inevitable, que es mucho más fuerte que nuestra existencia como seres humanos, como resistentes que queremos vivir en libertad. Una vez más, el cuerpo de las mujeres se convierte en el medio para crear este tipo de emoción, especialmente en un territorio como Rojava y el Noreste de Siria, donde durante décadas las mujeres han luchado para construir una vida más justa para todas. El primer golpe debe infligirse sobre ellas, sobre sus símbolos y sobre quienes las apoyan. Esto debe hacerse visible, mostrarse para manipular las emociones y hacer que las mujeres sientan que hagan lo que hagan, no lograrán su objetivo; y hacer que los hombres se sientan impotentes ante estos ataques a sus compañeras, y que se avergüencen de ser hombres. Es un juego que toca las emociones y refuerza los conceptos de patriarcado y sexismo.
Una de las formas de resistencia debería estar precisamente en el ámbito de las emociones: politizarlas, organizarlas, socializarlas. Las emociones son un síntoma de vitalidad, y no hay emociones negativas o positivas, ya que todas guían nuestras acciones y nuestro pensamiento. Incluso la ira extrema o la tristeza profunda pueden ser politizadas, controladas y dirigidas hacia un objetivo de manera efectiva. Cuando estas emociones se vuelven planas o incontroladas, nos inmovilizan y la guerra especial ha ganado. Todas las emociones son valiosas, pero al mismo tiempo no pueden bloquearnos o hacernos caer en un estado de inactividad. Intentemos centrarnos en la vida, y no en la muerte; en la alegría que puede surgir de estar unidos y luchar; en la felicidad de poder dar esperanza a quienes están sufriendo o la han perdido todo. Viendo lo que está sucediendo podemos llorar, recordando el pasado o algunos momentos; pero este llanto puede volverse organizado y compartido para poder entender mejor cómo podemos actuar. Reprimir las propias emociones y pretender que no existen no es politizarlas, sino más bien caer en la trampa tendida por la guerra especial, que nos quiere impasibles, distantes y fríos, o demasiado abrumados emocionalmente para actuar, mientras que lo contrario es poder mostrar los colores de nuestras emociones en las cosas que hacemos -dar un significado más profundo a lo que estamos tratando de defender. La Revolución no ha terminado, ya que no es algo que comienza y termina; es algo en constante evolución, que cambia según la situación, se transforma y continúa. La Revolución de Rojava fluye en la tierra misma, empapada con la sangre de miles de mártires. Está en las mujeres que luchan y defienden todo lo que han construido; está en las jóvenes y los jóvenes, orgullosos de haber crecido en una tierra revolucionaria; está en las memorias colectivas de las personas que han pasado por ese lugar; está en el lenguaje, que elige la vida y el amor; está en la conciencia de lo que se está defendiendo, y estamos dispuestas a morir por ello. La Revolución de Rojava no es algo que pueda ser destruido tan fácilmente, porque es un viento que ha alcanzado cada parte del mundo. Para defenderla, debemos detenernos en estos aspectos, en los detalles más ocultos de esta Revolución. El enemigo de la Revolución y de la humanidad sabe que estas son las partes más difíciles de eliminar. Por esta razón implementa la guerra psicológica especial, tratando de aniquilar todas las emociones conectadas a ese lugar, a esas personas, o de hacernos olvidar atacando la memoria. O nos lleva a la ansiedad de tener que hacer algo, sin reflexionar o analizar el presente con la mirada puesta en el futuro, lo que a veces nos lleva a olvidar las razones por las que estamos defendiendo esa Revolución. No debemos permitir que el lenguaje de este enemigo toque la parte más personal de nosotras – nuestro deseo de luchar por un mundo justo, por la libertad de las mujeres y por una sociedad libre. Nuestro pensamiento y método deben basarse en la reflexión, en la profundidad, y ser capaces de alcanzar no solo las mentes de las personas, sino también sus almas.
Hablar de Rojava es también hablar del Confederalismo Democrático. Es relatar cómo durante 12 años las diferentes poblaciones (kurdas, armenias, árabes, chechenas, turcomanas, asirias), con diferentes credos (cristiano, musulmán, yazidí, zoroástrico), están construyendo juntas una vida basada en la libertad de las mujeres, la democracia directa y la ecología; una vida comunitaria, basada en las relaciones y en hacer la convivencia más libre y más organizada. Como la guerra especial necesita dividir en lugar de unir, fomenta el nacionalismo para destruir el proyecto del Confederalismo Democrático, que se basa en los conceptos de liberación de las mujeres y comunalidad. En este sentido, hablar sobre cómo las diferencias se encuentran, qué energías desatan y qué emociones están en su base, es una manera de resistir y de apoyar este proyecto, y a las personas que son parte de él, contra el genocidio físico, político y social de los valores del Confederalismo Democrático y la Revolución de las Mujeres.
Es aquí donde podemos ver cómo la memoria desempeña un papel importante. Una memoria colectiva e histórica. Nuestra querida amiga, Nagihan Akarsel, nos enseñó lo mucho que la memoria es una gran herramienta de lucha y resistencia, y lo mucho que las mujeres representan la memoria histórica de la sociedad. Debemos hablar de Rojava y su vida, su historia, las alegrías y tristezas de esa tierra y esos pueblos, pero también de la vida cotidiana de las mujeres, de las personas que viven en ese lugar con todas sus diferencias. Cualquiera que haya estado en Rojava debería hablar de la vida allí, de los momentos vividos, para que el territorio no permanezca solo en la imaginación romántica.
Escribo este artículo desde una geografía donde vivir es sinónimo de resistir. Resistencia: una palabra que abarca todos los significados de tu geografía, la vida misma… La postura virtuosa de la existencia. El manifiesto del mayor movimiento de libertad139 de nuestra época que comienza con la frase: “La resistencia es vida”. La fórmula de una organización consciente que, aferrándose a esta frase, busca, protege y defiende la verdad. Una forma de existencia que responde con una voz integral, en el contexto del tiempo y el espacio, a las palabras de Deleuze: “Cuando el poder toma la vida como objetivo, la vida misma se convierte en resistencia al poder” Escribir sobre lo vivido es un acto difícil. Expresar el significado de lo vivido desde el lugar que merece es aún más difícil. Este sentimiento puede trastornar todas las introducciones que deseas hacer. Porque estás en un período de tiempo donde se empiezan a contar los latidos del corazón de aquellas que abrazan el significado de la resistencia. De aquellas que resisten dedicando su cuerpo, célula a célula, a todos los dolores de su geografía… De las personas más hermosas de la época que revelan el significado de la resistencia con sus vidas… 1
1«La voz arcaica» de Nagihan Akarsel, capítulo «La postura virtuosa de la existencia: La resistencia.», p.125.
